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Hasta la polla

Yo doy clase a alumnos de entre 11 y 18 años (ESO y Bachillerato) y he conocido a cientos de A. No estoy de acuerdo con la conclusión del artículo, aunque sí con la observación de la realidad. También estoy de acuerdo con muchas de las cosas dichas en los comentarios, y con otras no, como es lógico, pero no hay tiempo para ir al detalle.

Sí quiero dejar claras dos cosas:

1. La mayoría de los profesores que he conocido son profesionales buenos y abnegados (aunque todos conozcamos casos de ineptitud que, por un motivo u otro, solemos querer convertir en la norma, al igual que hacemos con otras muchas profesiones).

2. No hay tiempo para lo que nos pide la Ley y muchos comentaristas meneantes. No lo hay. Yo soy de Lengua, y por ello, tengo cuatro horas semanales con cada grupo; nadie tiene más que yo, y por tanto yo soy de los que tiene menos alumnos (imparto clase las mismas horas, pero concentradas en menos grupos). Como resultado, teniendo en cuenta el aumento tanto en número de horas lectivas como de alumnos por aula, este curso doy clase a unos 150-160 alumnos. Es absolutamente imposible tener en cuenta, como se debería, las circunstancias personales e históricas de cada uno. Por muy bien que estuviera y por mucho que lo diga la Ley y lo exija la sociedad. Yo, como casi todos los compañeros que conozco, intento hacerlo, y lo hago lo mejor que puedo, echando más horas de las que me exige mi puesto, pero sigue siendo imposible. Y hablo de mí; en materias que tienen dos horas, y no cuatro, como la mía, multiplicad por dos el número de alumnos. Es imposible. Es lo mismo que pedirme que levante una piedra de 1.000 kg. Me lo puedes pedir, me lo puedes exigir, me puedes sancionar si no lo hago y dejarme sin trabajo si quieres, pero seguiré siendo incapaz. La Ley —y toda la sociedad— nos pide que ejerzamos la función que tradicionalmente han ejercido las familias (y que, en mi opinión, les corresponde) de educar cívicamente a los alumnos, para que los padres puedan ser explotados durante más horas por las empresas y vuelvan a casa tranquilos, pensando que si sus hijos hacen algo malo la responsabilidad es de los profesores. El sistema está bien pensado desde el punto de vista del capitalismo despiadado y del libre mercado, pero como tantas otras cosas pensadas por el capital, no funciona por mucho que nos empeñemos.

Los profesores seguiremos haciendo lo que podamos y aguantando las críticas de toda la sociedad y las faltas de respeto de sus hijos, algunos por vocación (cosa que se nos exige, lo que curiosamente no sucede en otros trabajos, ni siquiera en Medicina), otros porque no pueden dedicarse a otra cosa. Pero este sistema está creado como un aparcamiento de adolescentes, una especie de consigna donde dejar a los hijos mientras nos explotan en la fábrica, y como mucho va a funcionar de eso, no de creadora de ciudadanos libres y críticos. Y bueno, podría ponerme a ejemplificar con casos concretos, pero no acabaría hoy.

Una sola cosa más, en la que parece que no se ha hecho mucho hincapié en los comentarios. El espíritu de la Ley actual (que sigue siendo la LOE), igual que el de la anterior ley vigente (la vilipendiada LOGSE) llevaba entre sus puntos fundamentales la igualdad de oportunidades. El hijo de un chatarrero nunca le va a ver el mismo atractivo a la Literatura o a las Ciencias Naturales que el hijo de un profesional cualificado en cuya casa haya libros, en cuya familia se hagan viajes, en cuyas conversaciones haya un amplio vocabulario, donde se vean documentales históricos aparte de partidos de fútbol y Sálvame. Para un profesor va a ser imposible, como he sugerido antes, despertar el interés en Cervantes o las leyes de la termodinámica si cuando vuelve a casa solo oye marujas gritando en la tele, pero no quiero volver a eso. A donde quiero ir es a que un crío de catorce años —y de dieciocho, si me apuráis— no tiene ni puñetera idea de lo que es la vida ni de lo que realmente le apetece hacer. No tiene visión de futuro. Es un adolescente. Sabe lo que le apetece en este preciso momento. Creedme, trato con cientos de ellos todos los días. Si le dejamos que abandone los estudios para ir al taller con catorce años, nunca será otra cosa que mecánico (profesión muy loable y necesaria, por otra parte). Si dedicamos esfuerzos y dinero en empujarlo hasta que se saque un título de la ESO, aunque sea por un programa de Diversificación, aunque sea por la fuerza, aunque sea con diecinueve años en lugar de con dieciséis, sí tendrá la oportunidad de plantearse ser otra cosa, y no verá su vida limitada a dos opciones: ser mecánico o el desempleo.

Eso es de lo mejor que tiene la Ley actual. Claro que con que lo diga un papel no es necesario. Hace falta una concienciación social, que ahora está más preocupada por la tremenda injusticia de que tenemos un trabajo fijo —los que lo tenemos— y muchas vacaciones que por ser parte de la labor educativa, que hemos cometido el tremendo error de convertirla más en algo totalmente profesional, fiscalizado (como han dicho antes en algún comentario) y técnico, que en responsabilidad de toda la sociedad, como pasa en los sitios donde la educación pública funciona (verbigracia, Finlandia). No solo consiste en que la selección para el profesorado sea mucho más dura, lo que por supuesto, ayudaría. Pero no os engañéis: por este sueldo nadie va a romperse los cuernos en la universidad, para que un niño de doce años te insulte, el padre te reinsulte, y encima la sociedad piense que eres un caradura. Eso no va a pasar.

Ah, y otra cosa hace falta: dinero, mucho dinero. Ese que están quitando de la educación para pagar no sé qué deuda.
#92 Estoy muy de acuerdo contigo. Yo he vivido lo mismo otros años con otros cursos y pienso que el sistema es mierdoso por todos los sitios. No se puede, no se llega... mi especialidad es pt y he sido tutora de primaria en aulas donde la diversidad era acojonante y aun tirando de trabajo de grupo y aquí nos ayudamos todos porque si no morimos... es para cortarse las venas.

Me encanta mi trabajo, de verdad, pero el sistema nos lo pone muy complicado. Y ya sé que hay profesores nefastos. Y uno siempre se acuerda del penoso que no hacía nada en clase o que pasaba de tal alumno o del otro, pero creo que muchos de los meneantes reconocerán que en toda su vida escolar es muy probable que hayan tenido más profesores buenos que malos.

Esta profesión no es fácil si se quiere hacer bien pero nos ponen trabas por todos los sitios sin darse cuenta que con lo que se está jugando es con el desarrollo de una persona.

menéame